Momentos de abuelas

Foto: Archivo.

La casa de mi abuela Delia, que no era su casa porque alquilaban, pero para mí era la casa de mi abuela a secas; tenía un patio desparejo y a veces ella planchaba ahí, sacaba con ayuda de alguno de mis tíos la mesa de la cocina y le daba duro a la plancha, yo me escondía a jugar debajo de la mesa tapado por la manta que usaba para cubrir protegiéndola y ella escuchaba a Riverito, porque mi abuela y familia en general eran muy de la quiniela, cuando en los barrios estaban “los lapiceros”, que hoy serían “emprendedores numerarios”, ponele…

Esa casa tenía techos de chapa y es sin duda la que me inspiró para escribir la letra de “Al olor del hogar”, en los veranos era mi punto de veraneo cuando vivimos varios años en José C. Paz, y por eso aquello de que “afuera el mar oleaba en adoquines”, era como una playa para mí a la que recién conocí de verdad y con arena en el verano del 74.

Mi vieja, abuela también, ayer llegó a la que es mi casa, que tampoco es mía porque alquilo, pero hace años es para mi hija “su casa” en Argentina; y se abrazó con su nieta, hacía casi un año no se veían en persona, porque mi hija vive en España. Luego del abrazo, las emociones, los regalitos mutuos (mi vieja bautizó a sus presentes para hijes y nietes como “pavaditas”), abuela y nieta se juntaron en su pieza para ordenar el contenido de la valija (o maleta según de que lado del mapa se mire), recuperando tiempo y sosteniendo corazones en lo simple cotidiano. También, hay que reconocer que ese aguante de abuela sirvió para poner las pilas a una nieta que como toda pre adolescente, cuesta tanto que no postergue actividades caseras por estar ocupada en la pantallita del celular. Ese “ahora lo hago” que atraviesa el tiempo incierto en una red de minutos a horas y que crispa a menudo la convivencia hogareña.

Mientras, casi al mismo tiempo, nos despertamos una mañana con la noticia de otro nieto recuperado, producto de la lucha, la esperanza y la prepotencia del amor silencioso y practicante. Y no puedo aun dejar de pensar en ese tiempo sencillo y parental que no ocurrirá jamás en presente con cada nueva recuperación de nieta o nieto, cada familia destrozada y al mismo tiempo recompuesta, los olores, las tardes con radio, las ilusiones en casas propias o no, el asombro del crecimiento, los regalitos o pavaditas, los veraneos que no fueron, pero al menos saber los rostros y los cuerpos para que la memoria no sea un abismo de cuneta, un bajo tierra o un mar que el horror intentó sepultar.

Y a pesar de todo, celebrar la vida sin que el odio nos impida las dos cosas que vienen después de la memoria: la verdad y la justicia. Son momentos de abuelas.

Besos de esquina y abrazos de cancha.

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  • Fuente: https://www.telam.com.ar/notas/202307/635381-momentos-abuelas-columna-ariel-prat.html